
Peña de Langreo, y tal.
Camino del restaurante El Ñeru, a pocos metros de la Plaza Mayor de Madrid, uno ya se tapaba al mediodía con multitud de aficionados ataviados con camisetas y bufandas del Sporting. Una vez dentro, el propietario, Fernando, atendía a unos despistados comensales que no parecían saber lo que se estaba ‘cocinando’: «Si sois 11, no lo intentéis hoy». Efectivamente, una abundante mesa venida ex profeso desde Llanes empezaba a tomar carrerilla para el partido. Y unas cuantas más, igual.
La Puerta del Sol, las calles del centro, Fuencarral, Malasaña… Todas ellas estuvieron ayer moteadas de camisetas rojiblancas. La mareona parecía desvanecerse un poco más al Norte, para dejar paso a las familias que se habían quedado en este puente en Madrid. Pero sólo lo parecía porque, a 200 metros del bar Nalón, ya se escuchaba el ‘Asturias patria querida’. En el local no cabía un alma. La gente se arremolinaba en la calle haciendo la acera intransitable.
Todo esto no chocaría (demasiado) de tratarse de la hora del partido, pero eran, ni más ni menos, que las cinco de la tarde. Al alejarse, llegaba más y más gente, se les oía desde aún más lejos. En un rato, «al campo; y luego, tiramos Madrid».
Una hora antes del inicio del encuentro, dando una vuelta por los alrededores del Bernabéu, ya se percibía un gran contraste entre la zona Sur, en la que se concentraban los madrileños tomando cañas, y la Norte, de la que llegaba un rugido que adelantaba lo que minutos después cantarían los rojiblancos en el interior del estadio. La mareona, completamente cercada por agentes de la Policía Nacional, se arremolinaba en esos momentos en un bar preparando los cánticos, calentando gargantas y sorprendiendo a todos los que pasaban cerca de ella.
En las puertas de acceso al Bernabéu cundió la indignación entre los más de mil aficionados llegados de Asturias sin entrada que no lograron una localidad a tiempo. No obstante, dentro dio la impresión de haber demasiados asientos vacíos, lo que incrementó aún más el malestar.
La mareona, formada por unas 4.000 gargantas, no se amilanó, pese a estar en inferioridad numérica frente a la de su rival, y, en una primera parte de fútbol lento, se pavoneó dando ejemplo de cómo se anima a un equipo. El gol de Barral, con suspense, dio lugar a un euforia absoluta entre los seguidores sportinguistas. Locura en la grada. Aunque, lamentablemente, momentánea. Pero, pese a que la alegría duró poco, las gargantas, ya cuando el Real Madrid comenzó su remontada imparable, lejos de callarse, gritaron aún más alto para levantar a sus jugadores con sus cánticos.
Fue entonces cuando la afición blanca despertó, reaccionó y comenzó una pugna con la visitante por ver cuál de las dos gritaba más alto, siendo, claro está, la mareona la ganadora. Incluso en los últimos minutos, cuando los primeros aficionados madridistas comenzaban a abandonar ya sus localidades para evitar las aglomeraciones finales, el duelo entre aficiones continuó, sin importar realmente lo que marcaba el marcador del Bernabéu.
No hay otra igual como la mareona. Treinta minutos después de que el colegiado Paradas Romero, que firmó una polémica actuación, hubiese señalado el final del encuentro, los sportinguistas seguían negándose a abandonar las gradas y continuaban cantando a un Bernabéu vacío los himnos del Sporting y de Asturias. Incluso cuando las luces comenzaron a caer, las últimas gargantas se negaban a callarse.