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Los sportinguistas de la corte

Son muchos los vínculos que le quedan a la abundante comunidad asturiana en Madrid con la tierrina, pero el Sporting es, sin duda, uno de los fundamentales. Por constituir un nexo claro, directo y visceral y por ser una excusa perfecta para juntarse con un puñado de paisanos cada fin de semana, haya o no haya algo que celebrar.

Sabino es uno de ellos. Vivió durante tres años en Madrid, aunque recientemente tuvo que regresar a Mieres. Rojiblanco de pro, se recuerda «pagando el carnet de abonado hasta cuando vivía en la capital». Es uno de los primeros que empezó a ir al Bar Nalón -una de las embajadas rojiblancas en Madrid-, donde hizo buenos amigos asturianos y del Sporting. Mañana, consiga o no entrada, se plantará en Madrid, se encontrará con el resto de la afición y, cuanto menos, disfrutará de una buena tarde de fútbol: «Voy al baruyín, a ver lo que sale».
Uno de los ‘playos’ -«de Cimadevilla 100%», advierte- es José Ángel, que ya lleva en el corazón de Castilla 25 años sin perder un ápice de asturianía gracias a la raigambre que ha echado en su equipo y a su negocio -sidrerías.com-, que siembra zumo de manzana por la capital. «En una ocasión, en el Calderón, en la que íbamos con toda la parafernalia del Sporting, nos regaló las entradas un socio… ¡Del propio ‘Atleti!’ Allí estábamos, en mitad de todos ellos. Y encima, perdimos», explica.
Roberto, avilesino de pura cepa y estudiante -«mucho», bromea-, lleva tres años en Madrid, en los que ya se ha hecho asiduo a las cañas y culinos frente al televisor de cualquier tasca y a eventuales desplazamientos -«a Castellón, también a Getafe cuando vino el equipo»-. Su nexo con el Sporting es especialmente emocional: jugó en categorías juveniles de chaval (como cadete, marcó a un jovencísimo Fernando Torres), fue socio durante tres años y hace poco, tras cuatro, logró acudir a El Molinón. «Se nota muchísimo la nueva entrega de la gente, la ilusión que hay y el compromiso». Mañana se unirá a los amigos que vienen desde Asturias para comer y, después, «a verlo donde sea».
Jorge llega de trabajar al bar Río Nalón (C/ Donoso Cortes, número 8), para ir reconociendo el terreno. Es profesor de educación física en un colegio. Ataviado, eso sí, con el chándal del Sporting. Este maliayo, que vive en Madrid desde hace cinco años ya, califica el ambiente de los partidos en Madrid de «impresionante». Es uno de los afortunados que, sin embargo, mañana se sentará en el Bernabéu -«aunque costó conseguir la entrada»-, y recuerda emocionado cómo el año pasado la afición rojiblanca aguantó hasta «media hora después de terminado el partido cantando en la grada».
«Amigos hasta el infierno»
El ascenso a los cielos, con Richard y Jorge.

El ascenso a los cielos, con Richard y Jorge.

Le acompaña Richard, gijonés afincado en Madrid desde 1990. «Yo llegué, me casé, estuve 18 años sin apenas contacto con la gente de la tierrina y, de pronto, ¡bam! Lo recuperé de golpe y ahora no me pierdo un partido». Él también tiene entrada para mañana gracias «unos amigos del Madrid». «Hay que tenerlos hasta en el infierno», se ríe. A los dos les pilló el ascenso en Asturias y el partido de la temporada pasada, «sin demasiadas esperanzas, la verdad, pero esta vez vamos a por el empate cuanto menos».

Es el sentimiento generalizado de los asturianos en Madrid. Sin fisuras. Todos hablan del «nexo que supone con nuestra casa», de «conformarse con un empate», pero no pueden evitar acariciar, con cierto regocijo y procurando no pasarse de optimistas, la idea de vencer en un Bernabéu que rugirá rojiblanco. Hay quien ya tiene la mesa reservada en el chigre de turno y que se prepara para, en unas horas, tomar la ciudad. ¿Acabarán en la Cibeles? «Espero que ganemos», concluye Richard, «porque yo me hinché a apostar y, como perdamos, me arruino».

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