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Más allá de Marlango

Le pidió su primera trompeta a Santa Claus y le trajo una de plástico; se quejó y los Reyes le trajeron una de verdad: Óscar Ybarra (Nueva York, 1969) es hijo de madre asturiana y cantante (Conchita Rubio, hermana del célebre escultor Joaquín Rubio Camín) y de padre cubano y guitarrista (Ramón Ybarra), desde pequeño estuvo en contacto, por tanto, con Asturias y con América, con Santa Claus y con los Reyes, con la música de allí, de aquí y de todas partes.

Empezó por recibir formación clásica y en estilos latinos, para luego ir evolucionando por otras músicas, otras expresiones, otras ciudades y, por qué no, otros instrumentos.

Domina, además de la trompeta, el fliscorno y la percusión, y está a punto de hacerse con un bajo para la inminente gira con su proyecto más «visible», Marlango. Pero no sólo toca con la banda de Leonor Watling y Alejandro Pelayo: se atreve con el dj Helios Amor en el dúo Cashmoney Brothers o la formación Pantano («lo definiría como un sonido a… pantano fronterizo, supongo»), tras haber pasado por mil y una bandas, desde grupos de heavy metal (sí, con la trompeta) hasta latin, pasando por el surf de los madrileños Los Coronas.

Yep, tengo una trompeta.

Yep, tengo una trompeta.

Atesoraba 400 vinilos en Chicago, que perdió en una inundación del sótano, y no para de rebuscar («Ahora me ha dado por el country-western…»); probablemente sea, de hecho, su versatilidad como músico y amplitud de gustos las que le han permitido no parar y no perder el entusiasmo por el instrumento: «Probablemente los tres artistas de los que más discos tengo sean Frank Sinatra, Radiohead y ZZ Top: yo escucho de todo y me embarco en cualquier cosa que me propongan si veo entusiasmo, incluso en grupos de chavales que están ahorrando para grabar una maqueta con un par de canciones.» Estudia unas tres horas al día («que me han costado alguna que otra relación: cuando me dicen ‘Pasas demasiado tiempo con la trompeta’ y me dejan, siempre pienso ‘¡Y más que voy a pasar!’»), practicando o improvisando (sobre discos de Iron Maiden, por ejemplo).
Luego, llega aquello por lo que cualquier músico estudia a diario, el trabajo que fructifica en un instante: los directos. «Antes de los conciertos me quedo dormido. Me lo pide el cuerpo, doy una cabezada de media hora para recargar la energía y salgo a gastarla: por mucho que hayas ensayado, sobre un escenario nunca sabes lo que va a pasar». Tocar para 20 personas, sentadas prácticamente encima del escenario, o para una masa humana en el Festival de Jazz de San Sebastián: da igual, lleva un año sin girar y ya empieza a notar el mono.

Después, un cigarro. Uno: Ybarra, por lo complicado de su instrumento, no fuma jamás antes de los conciertos; pero «el de después, que no me lo quiten».

Tras dar muchísimas vueltas por el mundo (en Miami aprendió a hacer cócteles «cuando necesitaba currar») se reencontró, hace tres años, en una Semana Grande, con Gijón, y decidió volver a la ciudad en la que tenía sus raíces (y ahora, los cócteles los prepara de vez en cuando en el Sonotone).

A pesar, pues, de las inquietudes y la permanente búsqueda inherente a su oficio, Ybarra es capaz de pasar una semana rodando el nuevo videoclip de Marlango («con un frío tremendo») y, al día siguiente, coger la bici o al perro y subir al Cerro, o a la montaña, a relajarse. Ahora bien, la música, ante todo, que no falte.

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2 comentarios
  1. Lidia says:

    gran músico y gran persona el señor Oscar Ybarra :-)

  2. Omar Álvarez says:

    Este tío me puso copas en el Sonotone en una noche en la que necesitaba muchas copas. Reunión de amigos entre copas muy reseñable, las típicas donde crees que estas recuperando un lazo especial, una relación de amistad eterna por hablar “de profundis” cuando realmente estás haciendo cabriolas entre la nostalgia y la necedad de lo COMÚN.

    Gracias por esos rusos blancos jodidamente desequilibrados de “cultura gastronómica subterranea”.

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