Lo que más me ha llamdo la atención de Bélgica desde que la conozco es el clima: llego y me encuentro con que lo que yo llamaba “domingos belgas” (extensible a casi todos los días de la semana) no se han movido de su sitio; ahí siguen grises, lluviosos y con la noche cayéndosenos encima a las 5 de la tarde.

¿A que ya en foto tiene pinta de estar fresco?
El sábado, precisamente, salimos de casa cuando empezaba a atardecer: se empezaban a encender las luces de las casas bajas de ladrillo de Saint-Joost, ese barrio con sus árabes y turcos malencarados correteando por las aceras. Revisité le Parc, la Grand Place y alrededores, las calles de adoquín frente al frío cortante, para aterrizar finalmente en un sitio en el que redescubrir la gastronomía belga:
Mitraillette: Cójase una rebanada de pan, y colóquense encima dos hamburguesas, lechuga, cebolla, tomate y el ingrediente secreto, ciérrese y sírvase bien bañado en grasa.
¿Que cuál es el ingrediente secreto? PATATAS FRITAS, por amor de Dios: todos sabíamos que en la tierra que vio crecer a Tintín les gustaba el tubérculo aceitoso más que a un tonto un lápiz, pero en este viaje he descubierto que no sólo les apasiona, sino que son capaces de meterlas hasta dentro de los bocatas. En fin.
A continuación visité un bar que tiene el récord del mundo de variedad de cervezas, lo cual está muy bien para ponerlo en la puerta pero que, a efectos prácticos, es un tostón para el cliente que tiene que tratar de decidirse por uno de los enecientos mil brebajes que aparecen en la carta desplegable. Las cosas como son: pillaron a mis amigos con una botella de Jäggermeister (o como se escriba) que fue confiscada hasta que abandonáramos el local, lo cual me obligó a utilizar los más burdos recursos de negociación del extranjero fuera de casa.
- Siñor, ye ne parle pá tré bian frrrrrançais.
Bastó contarle que éramos españoles para que, con un suspiro condescendiente, la botella volviera a nuestro poder. Españoles: están por todas partes. En el susodicho bar, de hecho, cualquiera diría que no nos habíamos movido de Huertas… Tengo prueba gráfica. Atención al cartel de los baños:

"Voy date yo a ti Gents, faltosu..."
En cuanto a la relación de ese pueblo de señores estirados y misteriosos hombres con gabardina con el alcohol y el concepto de fiesta, hay que decir que resultó bastante satisfactorio: los precios no son exorbitados, se puede comer un algo a horas tardías y nada está excesivamente lejos del centro. Eso sí, a las 4 de la mañana cae una lluvia que da gusto…
El domingo le tocó el turno a Gante, otra de las paradas obligadas. Tomé el tren y, tras media hora de campos y casas desperdigadas, me planté en la otra mitad de Bélgica: ya no se hablaba francés, sino flamenco; ya no olía a capital de Europa, sino a pueblo tranquilo.
Paseando al borde de los canales, en mitad de un silencio que francamente apabulla cuando cae la noche, me sumergí en esta minúscula villa de cafés espaciosos y tranquilos, de vientos fríos y noches desapacibles que invitan a encender un fueguín y apalancarse delante a leer hasta que se te caigan los ojos. Al día siguiente, por la mañana, veía el jardín empaparse mientras esperaba, parapetado siempre detrás del libro, a que terminara de llover y pudiera volver a la estación andando.
Me helé, cogí el tren y volví a Bruselas, a pasar por delante de la casa en que crecí under the rain, a comer, y a coger el avión de vuelta a Madrid. Aquí no llovizna tanto.


¿”Cógase”? Con lo que mola pronunciar la jota…
¿Qué? ¿Cógase? ¿Dónde?
Tramposo.
¡Y “llamdo”! ¿es una canción?